Para Pablo Castro (42), la vida se divide en pasiones que parecen lejanas pero que hoy, en las calles de Miami, se unen bajo una misma bandera. Nacido en Las Tapias, con el corazón en Angaco y el día a día repartido entre su exigente labor como médico anestesiólogo y los surcos de la finca familiar de alfalfa y pistachos, Pablo está cumpliendo el sueño de su primer Mundial. Pero el camino para llegar no fue una línea recta, sino una odisea de resiliencia, cambios de planes de 180 grados y, sobre todo, mucho ingenio sanjuanino.
”La idea principal surgió como una promesa previo a que ganáramos la última copa. Dijimos: ‘Bueno, si gana esta copa, al próximo mundial vamos'”, le contó Pablo a Diario La Provincia SJ, con la emoción a flor de piel.
Sin embargo, entre el deseo y la realidad de armar un viaje a Estados Unidos, la economía y las visas hicieron lo suyo. Lo que nació como una caravana de 20 amigos terminó reduciéndose drásticamente. “En el camino pasaron cosas… la situación económica, muchos que se bajaron por eso, otros que no estaban en situación de sacar la visa. El grupo original cambió rotundamente: terminamos siendo dos“, confesó. Lejos de rendirse, se sumó a los planes del padre de un amigo que ya viajaba con su propio grupo.
El secreto por cábala y el “efecto Messi” que dinamitó los precios
Fiel al misticismo futbolero de nuestro país, Pablo llevó el viaje con un perfil tan bajo que rozó el espionaje: “Tengo mujer e hijos y siempre les decía ‘al próximo mundial voy’, ¡y nadie te cree! Pero por una cuestión de cábala para que las cosas salgan, no soy de contar. La mayoría de mi familia se enteró una semana antes de que viajaba, cuando ya tenía todo listo. Algunos compañeros de trabajo se enteraron cuando ya estaba acá“.
Ya en tierras norteamericanas, el primer gran choque de realidad fue el “Efecto Messi“. Ver al astro argentino se convirtió en un lujo difícil de alcanzar, con reventas que escalaron a una locura de entre USD 3.000 y USD 4.000 para los partidos decisivos.
“Yo, por suerte, pude conseguir a 850 dólares“, relató Pablo, revelando el “hack” que le permitió salvar el bolsillo: la logística de los argentinos residentes en EE.UU. “Los que viven acá tienen otra capacidad económica, otra accesibilidad y ya tenían entradas desde antes; a través de ellos conseguí”. Esta realidad global transformó las tribunas en un crisol extraño: “El descontento de los argentinos es que adentro de la cancha se veían muchas camisetas, pero la mayoría no eran compatriotas. Eran coreanos, peruanos, japoneses o mexicanos que van a ver a Messi. Messi vende tanto que hace volar los precios”.
En la previa del partido de este viernes con Cabo Verde, sigue buscando entradas pero cuyo valor no supere los 2.500 dólares, valor máximo que él está dispuesto a pagar.
Brisket, carbón en el piso y los vasos oficiales: las cábalas de Angaco a Miami
Para un sanjuanino, la distancia no es excusa para perder las costumbres. En un país dominado por las parrillas a gas y las terrazas pulcras, el grupo de Pablo impuso la mística criolla para empujar a la Selección en las fases decisivas.
“Acá los asados los hacemos. Los argentinos que viven acá ya tienen re aceptado el tema de dónde conseguir el carbón. Hacemos asado a la parrilla con carbón… ¡y hacemos en el piso también!”, contó entre risas, desafiando cualquier regla norteamericana. ¿Y los cortes de carne? Hubo que adaptarse: “No tienen los mismos cortes, pero se asimilan y la carne es muy buena. Usamos las costillas y el brisket, que viene a ser algo similar al vacío. Sale una carne muy buena, aparte de chorizos y demás cosas”.
En las fotos que mostró a Diario La Provincia SJ hay una figura infaltable: la de Lionel Messi que se convierte en la imagen indiscutida para estar presente en este momento emblemático de tirar la carne al parrillero.
El regreso a la tierra del pistacho
El sueño de Pablo tiene fecha de vencimiento estricta. Mientras otros miembros del grupo se quedarán hasta el final, las responsabilidades médicas y la finca en San Juan lo reclaman. “Yo particularmente me quedo hasta el 5 de julio. Veo el partido en Miami y ya me vuelvo porque tengo trabajos”, explica.
En la valija de regreso, además de la emoción de haber visto al “10” en lo que podría ser su última gran cita cinematográfica (“Ver jugar a Messi es realmente impresionante“, dice conmovido), Pablo lleva un cargamento muy especial: los codiciados vasos oficiales de la FIFA que tienen grabadas las banderas de los partidos. “Me pidieron un copón de los que te venden adentro del estadio. Me llevo varios, ¡pero son muchos los que me pidieron!“.
Castro volverá a ponerse el ambo de anestesiólogo y a recorrer los campos de Angaco. Pero nadie le va a quitar lo bailado, lo alentado y el orgullo de haber plantado una parrilla a carbón en el piso estadounidense para gritar por Argentina