Después de más de 16 años de trabajo en áreas de alta complejidad, Rodrigo Aguilar Maza encontró en San Juan un escenario distinto para ejercer la medicina. Nacido en Tucumán y formado en Córdoba, donde vivió más de dos décadas, llegó a Caucete por una decisión familiar y en busca de un ritmo de vida más tranquilo, lejos del estrés constante que marcó gran parte de su carrera profesional.
Con una trayectoria consolidada en emergencias médicas, medicina del deporte y terapia intensiva, Aguilar Maza desarrolló su labor durante años en contextos de máxima exigencia. “Soy especialista en emergencia médica, especialista en medicina del deporte. Soy intensivista, hace más de 16 años estoy dentro de la terapia intensiva”, explicó a Diario La Provincia SJ. Esa experiencia lo llevó a convivir cotidianamente con pacientes críticos y situaciones límite, un recorrido que terminó despertando en él la necesidad de ampliar su mirada hacia una atención más integral de la salud.
Esa búsqueda continuó incluso en uno de los momentos más difíciles para el sistema sanitario. “Durante la pandemia estudié nutrición y medicina ortomolecular”, contó, al referirse a una etapa atravesada por el desgaste físico y emocional. Hoy, ese camino formativo se traduce en su decisión de poner conocimientos y tiempo al servicio de la comunidad, a través de su colaboración voluntaria con Cáritas en Caucete.
El giro inesperado que marcó su destino profesional
Aunque creció rodeado de médicos en su familia, Rodrigo Aguilar Maza no tenía previsto seguir ese camino. Al terminar la escuela secundaria se trasladó a Córdoba con la idea de estudiar Contador Público y comenzó los trámites para ingresar a la Facultad de Ciencias Económicas. Sin embargo, una escena casual terminó cambiando el rumbo de su vida.
Mientras esperaba para anotarse, observó una multitud frente a la Facultad de Medicina y decidió acercarse por curiosidad. “Yo iba a ser contador”, recordó al repasar ese momento, y agregó: “Eran 5.000 postulantes para 500 lugares en ese año”. Se quedó en esa fila, comenzó a estudiar junto a otros jóvenes que luego se convertirían en amigos de toda la vida y, sin buscarlo, inició una carrera que lo llevaría a ejercer la medicina como proyecto central de su vida.
Una vida profesional marcada por la exigencia
La medicina crítica fue durante años su ámbito natural. Sin embargo, ese recorrido dejó huellas profundas. “Nuestra vida es convivir prácticamente con la muerte, con los pacientes más críticos”, señaló.
Entre todas las experiencias acumuladas, hay una que lo marcó para siempre: “La experiencia más traumática que tuve fue ser médico de mis dos padres. Uno falleció a los 44 años y el otro a los 65, y tener que tomar las decisiones uno”.
Esa vivencia, sumada al desgaste propio de la profesión, lo llevó a buscar otro equilibrio. “Por eso empecé a inclinarme más hacia la medicina del deporte y la prevención, hacia la gente más sana”, explicó.
San Juan, un punto de inflexión
La llegada a San Juan no fue casual. Su esposa es oriunda de Caucete. “Vine, conocí Caucete y me gustó. Es tranquilo, Córdoba tiene mucho cemento y mucho estrés”, recordó.
Con el tiempo, esa decisión se transformó en algo más profundo: “San Juan me salvó la vida. Si la pandemia me agarraba en Córdoba, no estaríamos charlando”.
Aquí encontró un ritmo distinto, más humano y cercano. “Es una terapia más chica, el ambiente es más calmo, hay menos inseguridad”, destacó. Además, tras la pérdida de su madre, el sostén familiar cobró un valor central. “Yo ya no tengo familia, así que me adherí a la familia de mi esposa. Hoy son mi pilar”.
La promesa y el camino hacia la solidaridad
La vocación solidaria no apareció de un día para otro. “Siempre fui muy devoto de la Virgen del Valle y tenía una promesa pendiente: atender gratis algún día”, contó. Esa idea fue madurando hasta convertirse en acción concreta.
El contacto con Cáritas se dio una vez instalado en Caucete. “Nunca había tenido contacto con Cáritas, pero les ofrecí ayudar desde lo que yo puedo dar”, explicó. Su aporte no es el de una especialidad tradicional de consultorio. “No existe un consultorio de terapia intensiva ni de emergencias médicas, pero puedo ofrecer una visión integral del paciente”.
Tras dialogar con los referentes locales, comenzó a colaborar de manera voluntaria. “Me dijeron que sí, que era bien recibido, y empecé”.
La experiencia superó sus expectativas. “La recepción fue muy buena, me trataron muy bien y tuve buena aceptación con la gente”, afirmó. Para un médico acostumbrado a escenarios límite, el contacto solidario tuvo un efecto inesperado: “Para los que venimos con el cerebro quemado de ver enfermos graves, esto es un refresco en la cabeza”.
Actualmente, Aguilar Maza atraviesa una recuperación compleja tras una cirugía de columna. “Tengo cuatro tornillos y dos placas de titanio. Mi calidad de vida no es la mejor, pero estoy caminando”, relató. Aun así, su compromiso con la solidaridad se mantiene intacto.
“Tratamos de colaborar con lo que se puede y los días que se puede”, dijo con sencillez. Sin grandes discursos ni protagonismos, Rodrigo Aguilar Maza encontró en la solidaridad una manera de seguir ejerciendo la medicina, pero también de sanar sus propias heridas, demostrando que ayudar a otros también puede ser una forma profunda de esperanza.