La Legislatura de San Juan vivió una jornada de profunda emoción el pasado viernes al declarar Ciudadano Ilustre al Padre Francisco “Paquito” Martín. La distinción, que contó con el respaldo unánime de todos los diputados provinciales, reconoce la inmensa trayectoria de un hombre que no solo marcó la fe de la provincia, sino que transformó su realidad a través de la educación y la comunicación. El emblemático sacerdote cumplió 57 años de su ordenación.
Debido a su avanzada edad, la placa fue recibida por su hermano, Miguel Martín, quien conmovió a los presentes al repasar el legado viviente del sacerdote. “En su trayectoria ha dedicado su vida por su profesión, por la pastoral, pero además le ha agregado lo que es educación, porque impulsó la construcción de 5 colegios”, destacó emocionado el pasado viernes.
El hermano del homenajeado también puso el foco en su faceta menos conocida pero igual de revolucionaria, calificándolo como un visionario que en 1994 consiguió la licencia de radio Virgen María y en 1997 la de Canal 4. “Él siempre decía que el futuro de la iglesia estaba en la educación y en la comunicación“, recordó, señalando que “medio Rawson ha sido alumno de los colegios de él”.
Padre Paquito, una historia de resiliencia
Detrás del querido párroco de 83 años hay una historia de resiliencia que forjó su alma de pastor. Nacido el 6 de julio de 1943 en Nerja, un humilde pueblo cercano a Málaga, España, la infancia de Francisco Martín transcurrió entre las privaciones de la posguerra mundial. “Me acuerdo de mi pueblo, su gente muy sencilla, mucha pobreza. El agua que utilizábamos era de una fuente. Subíamos a la montaña buscando alimento, por ejemplo higos, tunas o lo que había quedado de la cosecha”, relató el propio Paquito tiempo atrás a Diario La Provincia SJ, recordando cómo cargaba lo que encontraba para alimentar a su familia.
Aquella niñez en Europa también lo enfrentó de manera prematura con la muerte. El sacerdote aún recuerda el dolor de perder a un amigo de la infancia en un accidente en la montaña y la crudeza de ver los cuerpos de los pescadores locales que quedaban en la playa tras los temporales marinos. Buscando un futuro mejor, en 1957 la familia decidió cruzar el océano Atlántico rumbo a la Argentina. Con apenas 14 años, Paquito se embarcó en Cádiz en el navío Cabo de Hornos: “Sufrimos un temporal muy fuerte, no nos dejaban salir, estábamos encerrados. Fue un viaje muy largo. ¡Nos salvamos de cada una, Dios Santo!“, rememoró con la frescura de aquel adolescente que conoció el sabor de la manteca en ese viaje.
El nacimiento de su vocación y el arraigo en San Juan
Instalado en el país, el llamado al sacerdocio que había comenzado a gestarse en su España natal como monaguillo del recordado padre Miguel terminó de florecer. En 1963 ingresó al seminario en Córdoba y para 1969 fue ordenado sacerdote por Monseñor Cruvellier. San Juan se convirtió de inmediato en su provincia de adopción y de corazón. “La primera misa fue en la parroquia de Villa Krause y mi primer trabajo apostólico fue en Angaco”, detalló sobre aquellos años de intenso trabajo social codo a codo con los vecinos y las autoridades locales.
Su camino pastoral estuvo fuertemente marcado por sus 25 años de servicio en la comunidad católica de Rawson, donde trabajó estrechamente junto a Monseñor Di Stéfano, a quien Paquito siempre consideró una persona honorable. Posteriormente, su misión lo llevó al departamento de Rivadavia, donde desde hace dos décadas continúa dejando una huella imborrable en cada rincón con su palabra. Todas las vivencias de su infancia se transformaron en el motor de su mensaje central en cada homilía, repitiendo como bandera que “el cristiano debe ser alegre a pesar de…”.
El presente de un emblema que se niega a descansar
Por cuestiones lógicas de su avanzada edad y su salud, hoy le toca dar un paso al costado en las celebraciones masivas como párroco. Sin embargo, su compromiso con los sanjuaninos sigue intacto. Actualmente se encuentra en la parroquia El Salvador, donde continúa confesando y recibiendo a los fieles que buscan su sabiduría.
Su hermano Miguel graficó a la perfección la inagotable energía del flamante Ciudadano Ilustre al asegurar que, si bien se está realizando algunos estudios médicos menores, mentalmente sigue trabajando sin parar. “Sigue atendiendo gente, confesiones en la parroquia El Salvador. No sé cómo pararlo”, concluyó con una sonrisa, sintetizando el espíritu de un hombre que, con sus virtudes y defectos, decidió entregar su vida entera al servicio de la comunidad de San Juan.