Las letras parecen desaparecer con el tiempo y el deterioro de la fachada devela una inactividad que genera nostalgia. Sin embargo, aún se divisa el nombre que lo identificó por décadas: “La Castellana comedor“.
Ubicado en calle Las Heras, entre Rivadavia y Laprida, justo al frente del Centro Cívico, el restó tuvo sus años de esplendor en la década pasada pero los azotes de la pandemia del coronavirus, llevaron a que sus puertas terminaran cerrando.

A cinco años de aquel final, hoy sigue generando la melancolía de quienes en algún momento fueron a comer allí. Con sus paredes agrietadas en la fachada y los cartones acumulados cubriendo las ventanas, este sitio supo ser un restó que por casi dos décadas fue símbolo de encuentro de familias y de amigos.
Desde pollo al ajo o pollo a la portuguesa hasta paella, filet de congrio o caracoles a la olla, el menú que ofrecía era de lo más variado y había para todos los gustos. Detrás de estos había una figura que se ganó el corazón de la gente y el respeto de muchos chef: Miguel Vargas.

Si bien su formación nació en la década del 50 como ayudante de cocina, en el comedor del Andes Moto Club, la observación lo fue moldeando y la experiencia le dio la magia para cocinar.
Hoy ya nada existe, sólo el recuerdo y la melancolía de algunos de los que transitan por ahí a paso acelerado y se detienen a mirar su fachada.